
Su título es Servidumbre y Grandeza de la Filosofía ; no
precisamente lo que un adolescente de un pequeño pueblo bonaerense pudiera
sentirse inclinado a perder el tiempo en su lectura. Pero ahí estaba. El autor,
Rodolfo Llorens y Jordana, profesor catalán de filosofía y literatura. Para mí
y el resto del pueblo, un triste desconocido.
Un poco más sobre el autor (que la edición presenta en su
solapa); enrolado en las filas republicanas durante la Guerra Civil Española, al
concluir la misma, se vio obligado a huir atravesando la Francia Nazi y escapar por
Marruecos en busca de un nuevo destino.
Imagino la película “Casablanca” y todos aquellos personajes
en el “Bar de Rick” (H. Bogart), intentando adquirir por cualquier medio las
“cartas de tránsito” que el sínico prefecto
capitán Renault (C. Rains) —soborno mediante— autorizaba como pasaporte para
escapar hacia la libertad.
Sería el profesor Llorens
una especie de Victor Lazslov (P. Henreid); contaría con una esposa como
Ilsa (I. Bergman). Lo cierto es que escribió este libro que se editó en 1949 y
a mi casa llego en 1966.
Su tapa no llama la atención; edición rústica sin
ilustraciones, color ocre, título impreso en blanco a cinco renglones, autor en negro con letras reducidas, editora y
lugar de edición en la parte inferior igualmente en negro y letras más pequeñas (Al presente se
sugiere buscarlo en librerías de saldo
en el cajón de ofertas del día).
No recuerdo bien, pero debió estar en la biblioteca de casa,
un mueble de tres puertas lustrado en cedro oscuro, vidrios con cortinas grises
entabladas; que se sostenía sobre cuatro patas cuadradas medianas,
a quince centímetros del piso. Por suerte no podía verse la disposición
interior en cuatro estantes donde siempre entraba más, pero apilados; sí, cada
vez que abría una puerta algo se caía, y
en algún momento se deslizó este libro. Es la única explicación de como llegó a
mis manos.
Ávido de aventuras, misterios y fantasías, la filosofía era
la materia insoportable de lógica en
cuarto año, o la tediosa psicología de la
conducta de quinto. Cuatro décadas después, abro el mismo libro y leo los siguientes renglones en su primera
pagina subrayados:
“Escuchad. Los griegos creían que, en uno de los misteriosos
montes de Beocia, vivía un monstruo que ellos llamaban Esfinge, cabeza de mujer, cuerpo de toro, garras de león, alas de
águila. Si la acurrucada Esfinge egipcia de Giseh —sentada ante la gran
pirámide de Keops— contempla sin pestañar las arenas movedizas del desierto y
desafía, imperturbable, los años huidizos de los siglos, la Esfinge griega andaba
suelta por la áspera montaña dedicándose a presentar —a los caminantes que se
arriesgaban por allá— enigmas insólitos, arcanos insondables, acertijos
inusitados, cuestiones imposibles de resolver, preguntas que nadie podía
contestar satisfactoriamente. Si lo
seductor de las Sirenas estaba en la voluptuosidad de la voz, lo atractivo de la Esfinge residía en el
sentido de la palabra.”
![]() |
Esfinge Griega |
Fuera de las exigencias escolares solo recuerdo autores como:
Robert. L. Stevenson, Julio Verne, Emilio Salgari; no se si otros. Mis lecturas
preferidas eran las historietas (Comic); pero con este ejemplar había
descubierto la puerta al mundo de la gran aventura, la más inimaginable y
maravillosa aventura, la del conocimiento y la sabiduría.
Quizás ninguno de los célebres filósofos hubiera logrado mi
atención años después, si no fuera por
este olvidado profesor de filosofía y literatura exiliado en Venezuela en 1942,
que así, logró iniciarme de una manera insospechada y seductora.
2010-06-22
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